ciudad

 

Le dolía el brazo. Había trabajado tanto que decidió hacer una pausa. Salió tambaleando a la calle, caminó despacio, pero todos se movían como si fueran de papel y alguien lo estuviese arrugando.

¿Y si lo tiran a la basura? 

Decidió entonces memorizar los nombres de las calles, pero estaban escritas en letra tan pequeña que no las podía leer.

- Maldita sea - dijo - olvidé las gafas -

Siguió caminando al ritmo del asfalto. - Con esta realidad, quien puede tener certezas -

Entró a un bar.

 

 

 

Por: Gladys Fuenres

 

 

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Jornal de Letras, Artes e Ideias, Lisboa, n.º 50, 18 de enero de 1983

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