cebolla

Mientras esperaba a su amiga, sentada en el incómodo sillón, frente al mantel de plástico rojo, cuarteado por la huella de tiempos idos, paseó la mirada por los recuerdos que no viajaron con ella.
Los de color pastel se hallaban ennegrecidos por la calefacción, el de la sonrisa de su hombre se había congelado en la ventana, mientras que el de su olor, la esperaba detrás de la puerta; de esa vida todo estaba intacto suspendido en el tiempo, atrapado en el aire.
Empezaba a impacientarse. Su amiga nunca había sido muy puntual y ella siempre se quejaba de lo mismo, era como la obertura perfecta de sus reencuentros o el sólido vínculo de su amistad. ¿Quién se atrevería a confirmarlo? Abrió la nevera. No había mucha comida, el recuerdo de su amiga le contó que ella seguía con el mismo desdén hacía los alimentos; se lo confirmó la cebolla anciana desde un rincón de la nevera.
Esa cebolla podría llevar años allí observando los que haceres de su amiga.
Pensó en tirarla a la basura, pero la cebolla se negó alegando que debía seguir ahí - era su naturaleza -.
Al fin apareció su amiga real, el tono de su voz, el calor de sus abrazos, el coche, los caminos, los amigos, el viaje, los reencuentros. La vida.
Y la cebolla seguía ahí, además de en la nevera,  en algún lugar de su cerebro.
Esa cebolla - a veces piensa - es el símbolo de su vida: capas por deshacer una y otra vez.

Por: Gladys Fuentes

 

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