Las anteriores generaciones vivieron una educación sembrada de sobresaltos, ya no solo por la estricta disciplina que imponían maestros y padres, sino por el hecho de aprender y la forma de hacer constar que ese aprendizaje se había instalado en sus cerebros - entiéndase redacciones - lenguaje escrito y encima no tener faltas de ortografía.
Puede que un alumno fuera muy listo, el más brillante de la clase, pero si escribía con faltas, el mundo se derrumbaba, y si para colmo de tragedias, tenía que exhibir su maestría con el lenguaje oral y algún exabrupto se le escapaba de sus asustados labios, estaba totalmente condenado.
Sin embargo ahora, a pesar de que muchos optimistas hayan decidido dar prioridad a  las nuevas tendencias educativas, donde prima la idea de que el riguroso cumplimiento de las reglas ortográficas es accesorio y cada vez es más habitual que los profesores acepten lo que se considera como “ortografía natural”, o sea, la completa correspondencia entre sonido y grafía, es obvio que nos hallamos ante un retroceso en el empleo del lenguaje oral y escrito que además impide al individuo leer e interpretar correctamente textos largos.
Para colmo, nuestra lengua además es atacada por un enemigo solapado: el conformismo generalizado, cuyo argumento esgrime aquello de que lo importante es el significado y no la norma, y que lo esencial es comunicarse, no tanto respetar la convención. Una visión un tanto "salomónica" que intenta no tomar partido entre la importancia del fondo  - lo semántico - y la formalo ortográfico - que por contraparte es considerado una manía propia de académicos apolillados.
No vamos a empezar ahora una discusión entre la vieja y tradicional escuela, vinculada a la memorización de normas y aplicación de reglas con las nuevas tendencias, más relativistas, pero debemos reconocer que existen muy buenas razones para seguir defendiendo el estudio de la ortografía, la aplicación de normas y reglas, así como los ejercicios de redacción y de expresión oral.
¿Y por qué nos empeñamos en ello? Pues porque hace parte de nuestra personalidad, somos no solo lo que comemos, sino lo que escribimos,  leemos, pensamos o hablamos; todas estas actividades hacen que el cerebro extraiga de ellas las herramientas para descodificar las palabras, las provee de sonidos, de imágenes que se graban en la memoria y estimulan los sentidos.
Así pues, la ortografía tiene funciones mucho más allá de la de servir de mero soporte a los fonemas: la ortografía instaura un código común para todos los hablantes de una lengua y facilita la comunicación entre todos ellos.
No obstante y por si le faltaran enemigos a la ortografía, numerosos estudios han coincidido en señalar como causa del desconocimiento de las reglas ortográficas a la desatención, el despiste o la fatiga, muchas veces no se trata solamente de que el individuo no sepa escribir bien determinada palabra, sino que “estos elementos lingüísticos le resultan accesorios” y por ello “decide marginarlos, dando prioridad al hecho en si de comunicarse con su receptor - contenido más que forma -.  En  resumen vemos que la importancia de la ortografía se relativiza en favor de otros componentes de la comunicación,  lo que provoca que cada vez cueste más entender los textos escritos.

Por: Ladypapa

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