Hasta hace poco los lingüistas estaban muy preocupados por la inclusión de términos sajones en nuestro lenguaje cotidiano, hoy deben estar subiéndose por las paredes al encontrar que además de términos en lengua foránea se han añadido imágenes que reemplazan conceptos para describir nuestros estados de ánimo. Ya no nos esforzamos en escoger palabras sino que elegimos el emoción que habla por nosotros.
Del tiempo en que solo teníamos las letras para comunicarnos, hemos pasado a las imágenes y el sonido, las tecnologías nos ha apabullado con herramientas que ejercen un poder más grande y duradero sobre qué y cómo pensamos. Es indiscutible que han  alterado nuestra forma de hablar, escuchar, leer y escribir, han ampliado o comprimido nuestro vocabulario, modificando las normas de dicción, el orden de las palabras o la ortografía, también han hecho que sintaxis sea más sencilla. En consecuencia han terminado condicionando los mensajes que emitimos, por tanto, nuestro grado de conocimiento.
Hoy se  reconoce que el conocimiento avanza y es acumulativo, pero nos quedan muchas dudas sobre nuestra  capacidad de razonamiento. Es absurdo creer que el acceso a Internet suponga que estamos mejor formados. La tecnología  no prepara ciudadanos, no nos forma para ser mejores personas, sólo le interesa tener mayor control sobre la población y entre más ignorantes mejor. Internet, las redes sociales, Twitter, Facebook, etc., han logrado tanto éxito porque han surgido en un momento en que existía una fuerte demanda de comunicación.  
No pretendemos que este artículo sea un ataque contra los nuevos soportes, formatos, lenguajes y formas de comunicación, muchos de ellos llegaron para quedarse, o, mejor dicho, forman parte de un proceso imparable, porque a la velocidad que vivimos parece que nada puede quedarse durante mucho tiempo. Nuestro objetivo es sencillamente advertir de algunos peligros e intentar influir en la aceptación pasiva y sumisa que mucha de esta nueva tecnología, con sus correspondientes formatos, está provocando en la ciudadanía. No se trata tampoco de un fenómeno reciente, a lo largo de la historia de la humanidad encontramos autores y referencias que desde hace siglos hacen referencias a las modificaciones del lenguaje.
Existe, en nuestra opinión, otro agravante. Y es que las nuevas tecnologías e internet han llegado a la ciudadanía con una aureola de democratización, participación e igualitarismo que conllevó una aceptación progresista, unida a la ya de por sí inherente de la tecnológica. No solamente se trataba de aparatitos, formatos y soportes fascinantes tecnológicamente - como toda tecnología innovadora -, sino que además resultaban - en tanto que igualitarios y baratos - libertadores en la medida en que parecía que rompían el monopolio de la difusión de los grandes grupos de comunicación y las grandes empresas. No se podía pedir más. No negaremos que parte de todo esto es verdad, pero no basta con esa conclusión, existen muchos más elementos en torno a las nuevas tecnologías ante los que debemos estar alertados y preparados; y es necesario poner en tela de juicio ese mito progresista respecto al nuevo fenómeno comunicacional.
En este aspecto, existen riesgos negativos que el uso de estas nuevas formas de expresión, interrelación y comunicación, forjan en la vida social. “Se debe entender que la sobrecarga de información genera dispersión y ansiedad, que el individuo al ser más dependiente de la tecnología retiene menor información bajo la confianza de que puede acceder a los bancos de datos en cualquier momento, que la factibilidad de escribir mensajes cortos, abreviados, ha generado nuevas conceptualizaciones y nuevos signos como los emoticonos, con lo que se observa una pérdida en la calidad de la escritura, del sentido del mensaje, de la congruencia narrativa de lo audiovisual y desde luego de la profundización comunicativa, entre otros aspectos”.
Bien, la pregunta es obligatoria, y provoca debates enconados entre puristas de la lengua castellana y aquellos que defienden a ultranza la adaptación y evolución de los idiomas: ¿Es esto algo intrínsecamente negativo para nuestro lenguaje?
La clave es ser consciente de nuestro propio uso lingüístico. Es triste observar como muchos se afanan en utilizar las últimas tecnologías ignorando el lenguaje escrito y la riqueza de nuestro idioma, creemos que es momento de reflexionar acerca de nuestra lengua, de tomar conciencia de los procesos creativos de nuestro idioma materno antes que despreciarlo, ya sea por comodidad, reflexión inconsciente o esnobismo.
Nada de esto implica que el español sufra un retroceso, que estemos perdiendo riqueza en nuestra lengua o que debamos estar preocupados por ello.
Sobre la pérdida de riqueza, el argumento básico al que se aferran los puristas de la lengua cuando se abre el debate sobre el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías se hace hincapié en la necesidad de la adaptación a partir de un reconocimiento de nuestra propia identidad, pues la lengua no es solo un instrumento para comunicar contenidos, sino soporte de cultura y de sentimientos, los rasgos que más nos definen como humanos y que tenemos que preservar, sin dejar de lado las nuevas tecnologías. Sí, ellas nos han cambiado la vida, pero debemos ser capaces de poder vivir sin mirar el móvil de manera compulsiva en periodos de tiempo cada vez más cortos. Por eso la lectura resulta tan importante. La lectura nos ayuda a generar hábito, filtrar las distracciones, acallar las funciones del lóbulo frontal que regulan la resolución de problemas. La lectura se transforma en una mayor capacidad para el pensamiento profundo y la reflexión. Menos excitación, más sosiego. Damos profundidad a la memoria de manera que nuestra capacidad para recordar y establecer conexiones cada vez más complejas es mayor. Únicamente a través del esfuerzo que requiere la lectura somos capaces de retener información, ejercitando la memoria a largo plazo, tejiendo nuevos esquemas conceptuales, más sofisticados, sobre el proceso y, en definitiva, ensanchando los límites de nuestra inteligencia. No se trata de prescindir de Internet y del conjunto de medios digitales, sino de dosificar su dosis.
Para finalizar una nota que consideramos pertinente:

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria.”


- Jorge Luis Borges


La Dirección.

 

 

 

Cuentos

A la mesa

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¿Quién les abrió la puerta? ¿Quién los invitó? Ella estaba en su casa, rodeada de las cosas que tenían su huella, empapada de sus olores más queridos, invadida de aromas cotidianos y placenteros, días saliendo por las ventanas limpios, alegres y juguetones.
Y mira por donde, hoy que se había levantado en medio de la misma tibia atmósfera de su vida, hoy que el mundo no tenía aristas, ni picos que rasgaran la piel, ni cuchillos a los que esquivar va y le pasa eso.
Puso la mesa, como siempre, mantel, platos, cubiertos, vasos, ensaladera, flores y comida humeante llenaban el lienzo de su bodegón mesa familiar vista en escorzo, en el que podemos agregar una luz diluida al modo renacentista proveniente de un balcón con las cortinas entreabiertas a una tarde que se deshace más allá de nuestra visión.

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Abrapalabra

Diéresis

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En notas al margen, retomamos la definición de ortografía como preámbulo a nuestro artículo de este mes para resaltar la importancia de escribir adecuadamente y, quizás lo más importante, que los receptores de nuestras palabras nos entiendan en la verdadera dimensión que les damos.
La ortografía es el conjunto de reglas que determinan la forma correcta en que se debe escribir una lengua. Así, pues, es la parte de la gramática que tiene como función homogeneizar los principios que rigen la escritura de una lengua y, en consecuencia, la que permite que las palabras de una lengua puedan ser efectivamente descifradas y entendidas. La ortografía es fundamental para mantener la unidad lingüística de un idioma.
Veamos algunos signos, sus definiciones y usos correctos:

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ARTÍCULOS

La próxima vez lo hará mejor.

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Recuerde un día negro, de esos en que hasta las fuerzas extraterrestres se ensañan contra nuestra frágil humanidad, apaleándonos el ego hasta hacernos sentir los seres más miserables que jamás hayan existido sobre la tierra.
Imagínese el rencor, el odio, la desesperación que podemos llegar a sentir los días en que todo nos sale mal pero, de repente, en el lugar menos pensado, alguien se acerca a nosotros, nos da un golpecito en la espalda y nos suelta con la mayor naturalidad: No se preocupe, la próxima vez lo hará mejor.
No es ficción, en el mundo existen personas de naturaleza buena y quizás más cerca de lo que nosotros creemos. Nos pasamos las veinticuatro horas quejándonos porque todo anda mal en el país, porque no encontramos soluciones, ni siquiera esperanzas

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