Recuerde un día negro, de esos en que hasta las fuerzas extraterrestres se ensañan contra nuestra frágil humanidad, apaleándonos el ego hasta hacernos sentir los seres más miserables que jamás hayan existido sobre la tierra.
Imagínese el rencor, el odio, la desesperación que podemos llegar a sentir los días en que todo nos sale mal pero, de repente, en el lugar menos pensado, alguien se acerca a nosotros, nos da un golpecito en la espalda y nos suelta con la mayor naturalidad: No se preocupe, la próxima vez lo hará mejor.
No es ficción, en el mundo existen personas de naturaleza buena y quizás más cerca de lo que nosotros creemos. Nos pasamos las veinticuatro horas quejándonos porque todo anda mal en el país, porque no encontramos soluciones, ni siquiera esperanzas de que las cosas vayan a ir mejor y de repente ese rostro con una sonrisa en los labios nos dice que habrá un futuro mejor, que siempre hay una esperanza y que somos capaces de lograrlo. Que basta con intentarlo otra vez.
Puede que se equivoque, quizás peque de demasiado optimista o ilusa, pero nos ha reconfortado el alma, esa mano en el hombro nos ha dado calor humano, esa voz nos ha hecho sentir mejor después de escucharla, seguramente la arruga de nuestra frente se ha alisado, nuestros labios han sonreído al dar las gracias y seguimos de largo sintiéndonos unos super héroes capaces de devorarnos el mundo.
Las cosas han cambiado, vemos el sol, aunque esté lloviendo a cántaros, sonreímos y ponemos más atención a nuestras tareas diarias. Tenemos una actitud positiva ante la vida. Así, al culminar nuestra faena, llegamos a casa y contamos la experiencia, empezamos una cadena de positivismo por contagio y en el disfrute de nuestro bienestar vamos olvidando esa cara y esa voz que tanto bien nos hizo. Nos sumergimos en nuestras rutinas, en nuestras cotidianidades y en el afán diario de cada día hasta que perdemos la memoria del placer brindado recayendo en el malestar que igual que el bienestar actúa por contagio.
Quizás nunca volvamos a pensar en esa persona de naturaleza buena que nos salvó aquel día negro, su voz se pierde entre los gritos de las urgencias y el calor se deshace en la frialdad del trato con la gente. No es que seamos ingratos, simplemente tenemos mala memoria y nos pierde la inmediatez.
Quizás alguna vez, cuando volvamos a sentirnos mal, pensemos en aquella persona, tratemos de dibujar su rostro en nuestra memoria y de escuchar el eco de su voz, quizás nos preguntemos ¿Qué será de ella? ¿Dónde estará? Y sobre todo, si continuará con la misma fe que aquel día. Lo más probable es que no la volvamos a ver nunca, al menos no en las mismas condiciones de la primera vez, pero su recuerdo siempre seguirá endulzándonos la existencia y con suerte, a lo mejor volvamos a tropezarnos con personas así, a lo mejor alguien nos vuelva a decir palabras amables cuando más lo necesitemos, o nos ilumine el día con su sonrisa. Reconocemos que fue una suerte haber tropezado con esa buena persona y le estamos muy agradecidos, le hablaremos de ella a los amigos, a la familia, la pondremos como ejemplo en el momento que consideremos oportuno y nos sentiremos muy bien. Siempre la recordaremos con una sonrisa en los labios.
Sin embargo, casi nunca nos detenemos a pensar, en los efectos que las buenas personas nos producen, en la fuerza de esas seis palabras, "La próxima vez lo hará mejor" y en ese gesto sencillo. Tendemos a creer que fue suerte, que ese encuentro fue una casualidad y menos aún, en que si nosotros quisiéramos, también podríamos ser, una de ellas. Estamos educados para analizar lo que nos viene del exterior y dejamos de lado lo que puede brotar de nosotros, cómo nos sentiríamos si fuésemos nosotros quienes emitiéramos esas palabras, si ese gesto cálido brotara de nuestras manos o esa mirada fuera la nuestra posada en un desconocido rostro atormentado. Sin duda el mundo sería mejor si en vez de contar lo que nos ha sucedido, pudiéramos decir con toda sinceridad lo que hemos hecho por los demás, por sencillo y simple que sea. Sin duda el mundo sería un poco mejor si las buenas personas dejaran de ser una "rara avis".

Por: Lady papa

Cuentos

Fiesta de barrio

fiestadebarrio

 

Normalmente nadie tiene quejas de mi, yo gasto los días de una manera tradicional y procuro imitar en todo a las personas que me rodean para evitar conflictos. Nunca sé cómo actuar cuando hago algo que disgusta a alguien, suelo quedarme  como en puntos suspensivos preguntándome, si se enfadará o no, le digo algo o no, deshago lo hecho o pido disculpas y mientas esas preguntas se van juntando en mi cerebro, una parte de mi está mirando a mi antagonista, me fijo en sus ojos, en el movimiento de sus labios al hablarme enfadado o en el brillo rabioso de sus ojos o en el movimiento nervioso de sus manos y una sonrisa se me dibuja sin querer en el rostro, lo cual hace que mi interlocutor se encolerice aún más. 

 

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Abrapalabra

No es excusa

excusas

Eso de que en mi país se dice así, o es nuestra forma de hablar, no es de ninguna manera una excusa para patear el idioma. Los hispanohablantes tendemos a hacerlo, es decir, usamos términos incorrectos como una práctica habitual y aceptada socialmente, aunque por suerte, en la mayoría de ocasiones, lo hacemos de forma inconsciente. 

Por eso mismo es muy importante llamar la atención sobre  nuestros errores cotidianos, hasta que nuestro cerebro los codifique correctamente y podamos comunicarnos apropiadamente de forma espontánea.

1.- Momentos clave o momentos claves

Lo correcto es momentos clave: "Cuando se trata de un sustantivo en función adjetiva, se dice en singular: hombres rana, ciudades dormitorio o aviones espía”.

En este sentido, clave, que es un sustantivo, se usa como adjetivo y por eso se escribe en singular.

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ARTÍCULOS

... y el amor

y el amor

 

"…donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles…"(*) 

                                                                                                           J. Cortázar.

… nos decía el autor en su inolvidable Rayuela, ¿se acuerdan? Qué emocionante es enamorarse, sentir vértigo, dolor de barriga y despertarse con el corazón en la mano mientras el cerebro inventa cómo eliminar segundos hasta el momento de ver al ser amado.

Cuánto se ha escrito, se escribe y se escribirá sobre ese sentimiento; pasado, presente y futuro del universo, cómo han cambiado las formas de expresión, las palabras, los códigos mediante los cuales mandamos mensajes al objeto de nuestra adoración, y sin embargo, los dolores de barriga,  los nervios y los sudores en la palma de la mano, siguen siendo tan antiguos como el hombre.

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