Ya no recordaba cuando fue la última vez que las vio. Tendría quizás, seis o siete años, iba de la mano de su madre bajando las escaleras de aquella iglesia a la que la obligaba a ir todos los domingos. Que conste, sólo lo hacía por tener sus manos entre las de ella, aunque fuera bajando esos únicos doce escalones. Sí. Los había contado un millón de veces.
Ese día se encontraron con unas vecinas y el pellizco dolió dos veces; la presentida y la real. Su madre siempre la reñía por no saludar, pero cómo decirle que si despegaba los labios la risa se le iba salir de la boca al verlas, y lo más importante, ¿le creería si le contaba que su risa no era de burla, sino más bien asombro? No, no le creería, ni ella misma era capaz de admitir como reales esas palabras a sus siete años, de lo que sí tenía plena consciencia era de que no se burlaba de la gente. Era más bien de la vida. ¿Quién lo sabe?
Todas tan guapas, maquilladas y con esos trajes donde las tetas parecía que iban a estallar en cualquier momento, pero no era eso, le daba miedo alzar la vista hasta unos milímetros más arriba de sus frentes, porque siempre, ahí estaba la caca, como un lindo sombrero terminado en punta.
Esa vez parpadeó muchas veces, en un primer impulso quiso susurrarle a su hermano, pero él miraba para otro lado. Ella contempló las cacas en las cabezas de aquellas personas. Todas eran más o menos iguales, aunque los colores variaban. ¿Su madre era ciega? ¿O se callaba como ella? Su madre no tenía cacas. Ni ella, ni sus hermanos,  ni la abuela, ella los inspeccionaba todos los días, incluso se pasaba horas ante el espejo a ver si su caca personal aparecía, pero nada. Y eso la inquietaba. ¿Por qué no podía ver sus cacas, ni la de sus seres queridos? Seguro que las tendrían. No iban a ser una excepción.
Por eso no saludaba. Por eso inventaba excusas para evitar el pellizco y más tarde la huella negra de los dedos fraternales, aunque en sus brazos ya no cabía uno más.
Con los años aprendió a evitar las cabezas de las personas y sobrevivió bastante bien a la adolescencia, de hecho se hundió en ella con tal fiereza que las cacas desaparecieron en medio de una que otra droga, muchos litros de alcohol y música cada segundo de su vida.
Después los días le regalaron gafas de responsabilidad, marido, amor, cenas, hijos desgranados suavemente como alverjas desprendiéndose de su vaina. Algunas veces, cuando las recordaba, llegó a pensar que aquello había sido producto de su imaginación demasiado desbocada, o una excusa del cerebro para no saludar a aquellas personas que olían mal a pesar de sus perfumes caros.
En el capítulo de su madurez, escrito con buena letra se podía leer un presente equilibrado, una balanza con el fiel correctamente ubicado y unas alas suaves pero resistentes que la transportaban a través de las páginas de su vida, deteniéndose a veces para tomar aliento, otras para contemplar el mundo, hasta que una noche de luna llena, una cerveza ante sus labios y las palabras desparramadas por alguien cercano inundando los espacios entre su vida, ahogándola, atenazando su garganta. Fue entonces cuando la volvió a ver y a partir de ese instante, cada ser humano que conocía, cada vestigio de humanidad que rozaba su piel exhibía orgulloso su caca.
Ahora era inevitable, tenía que abrir la boca, ya su madre no estaba para llenarle los brazos de moretones, ya no había manera de disimular el hecho, pero lo peor, era que ya no le daba risa, al contrario, esas cacas en la cabeza de la gente llamaban su atención, exigían una observación detenida, minuciosa, lenta… para eso el destino le había dado una balanza con el fiel en la posición correcta.
Sin embargo no quería ser fiel, tampoco balanza, ni alas; gustosa habría devuelto todo eso a quien se encargaba de las distribuciones, sólo no quería ver más cacas, no se imaginaba portando eternamente una manguera como medida de prevención ante cualquier conocido que se le acercara.
Ella no sabía que hacer con esas cacas, que se fueran todos por donde habían llegado, que la liberaran de ese destino, era incapaz de hacer desaparecer tanta mierda enredada entre los pelos de la gente.
Entonces lo hizo, la idea emergió de los años infantiles y se plantó decidida ante el espejo.

Por: Gladys Fuentes

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