Cerró los ojos, ese gesto era recurrente en él. Si se sumaran todos los segundos que lo hacía, éstos constituirían una oscuridad absoluta donde se desvanecerían todos sus delitos.

Alguien de buen corazón afirmaría que él cerraba los ojos ante la monstruosidad cometida, o quizás lo obligara su conciencia recriminatoria o su educación. Vaya uno a saber. Existen demasiados términos para justificar los actos malos de la gente buena.

El instante malvado sólo dura eso, un parpadeo, el fugaz instante en que el borde de una falda es alzada por el viento, o un pie en adelantar al otro y sin embargo, esa fracción de tiempo al pasar a través de la oscuridad purificadora, se acomoda en el cerebro y aparece en los momentos menos pensados, sobrecogiendo el corazón, desgarrando las entrañas.

Ahora mismo, entre los espacios que deja la sangre que cae a chorros sobre su cara, aparece ante sí el rostro de una niña acorralada por él en un pasillo y sus ojos mirándolo sin expresión mientras agarraba su pene obligada por la presión de su mano. 

Luego, otra niña en el jardín de la casa de los vecinos, callada, obediente, exageradamente quieta apretando los muslos mientras él rasgaba la tela de sus bragas, y a esos rostros habría que sumarles muchos otros, al salir de la escuela, en los cines, incluso en la casa, la carita de una sobrina suya.

Luego la fuerza, la violencia en mujeres mayores, el complejo rito que llevaba a cabo desde que sus ojos advertían una mirada intensa, o la humedad de unos labios, o el movimiento de unas manos al acompañar palabras, que a lo mejor hablaban de matemáticas o filosofía, pero para él eran las manos que creaban un universo llenos de olores, de nubes, de temblores y ciudades cayendo estruendosamente a su lado.

Todo eso sucede en el mismo momento en que su cuerpo está perdiendo fuerza, que sus manos parecen desgajarse del cuerpo y sus músculos se van distendiendo libres, ya por fin, de la presión cerebral que los obligaba a actuar de determinada manera.

Ahí está ella, tendida en el piso, los brazos y las piernas abiertas, el rostro también cubierto de sangre pero se incorpora, se levanta como en cámara lenta, los cabellos arrastrando grumos de sangre se acomodan a los lados de su rostro- Él mira, mira asombrado como la sangre mana de su cabeza y enfrente una mujer con los brazos caídos.

Sus miradas se cruzan, sus párpados no se cierran, sus bocas no reprochan, sólo los labios se mueven lentamente, como faltos de aliento y en un esfuerzo inaudito forman dos palabras ¿por qué?

Por: Gladys Fuentes

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“Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir (tanto en literatura como en periodismo), tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir.”

Jornal de Letras, Artes e Ideias, Lisboa, n.º 50, 18 de enero de 1983

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